Cava brut, champagne “seco”

Pese a su incuestionable cualidad de vino gastronómico, el grueso de la producción de cava, como la de turrón, se vende durante la campaña de Navidad. Entre “desestacionalizar” su consumo o consolidar su hegemonía en las celebraciones navideñas, el cava juega sobre seguro.

Los del cava, como los del turrón, se descuelgan a veces con lo de la desestacionalización, es decir, con alguna iniciativa destinada a introducir su producto en contextos distintos al navideño. Pero son siempre mensajes en letra pequeña, porque su gran apuesta promocional y publicitaria se sigue centrando en la campaña de Navidad. El grueso de la producción de las grandes empresas se vende en esta época y es ahora cuando echan el resto con sus anuncios, que forman parte de la iconografía navideña española, aunque en el más esperado, el de Freixenet, el glamour de siempre le cede este año el protagonismo a unos contenidos solidarios que se avienen mejor con la crisis.

Puestos a desestacionalizar, la gente del cava convoca, por ejemplo, el concurso Mejor Sumiller de Cava, promovido por la DO, que a lo largo de 2013 celebrará doce semifinales previas a la final de 2014. Y, de vez en cuando, reúne a la prensa especializada en torno a maridajes inusuales: el cava y las tapas, el cava y los arroces… Son iniciativas con mucho menos impacto que las televisivas, incluso discretas, ante la posibilidad de que avanzar en ese terreno les haga retroceder en el suyo, que no es sino el del brindis navideño. La perspectiva es temible: perder la docenita de huevos de oro a la semana por querer sacarle a la gallina uno cada día. Con la que está cayendo, mejor explorar nuevas formas de consumo en otro momento. Brindaremos, que no es poco.

Con todo, el cava ha expresado siempre, de forma más o menos entusiasta, su vocación de vino apto para la mesa y no solo para el cotillón de Fin de Año. Así, en tiempos más boyantes, convencieron al gourmet de que el cava, cuanto más seco, mejor. De que no vale nada si no es “brut nature”: máximo, 6 gramos de azúcar por litro y todo procedente de la propia uva. Magnífico para acompañar de cabo a rabo un menú degustación, pero ¿para brindar? Nos seguían apeteciendo los espumosos más suaves y más amables, hasta la sidra gasificada, pero no nos iban a tachar de ignorantes. Y, hala, brut nature hasta con el turrón.

También usted sabrá de alguien que proclama sin complejos que no le gusta el cava y sabrá lo que pasa en esos casos: le ponen a tiro una botellita de champagne y no deja ni la espumilla. “¡Es que esto es otra cosa!”. Entonces, claro, aparece la mala conciencia: que si a fin de cuentas es un invento francés, que si no es lo mismo la macabeo que la chardonnay, que si los catalanes, que si los franchutes… Todo, menos reparar en que el champagne al uso no suele ser extra brut ni brut nature y en que el cava puede tener hasta 33 gramos de azúcar por litro sin dejar de ser “seco”. Y, el que casi le deja sin probarlo, que le venga con que las bebidas dulces le dan dolor de cabeza.

LLUÍS RUIZ SOLER

FOTO: LA PAPILA CRÍTICA