La encantadora levedad del éxito (culinario)

SnapChef-DIARIO

Por Lluís Ruiz Soler

El Pòsit, en Villajoyosa, reinventa su Concurso de Cocineros Aficionados en la cuarta edición y lo rebautiza como SnapChef, en alusión a la brevedad de la experiencia que propone: vérselas con una cocina profesional y un comedor abarrotado para sentir la gloria y la dureza del oficio.

El aspirante a cocinero debe tener claro que “le gustan el calor sofocante, el estrés, un sueldo bajo, los cortes, las quemaduras y otras lesiones en el cuerpo y el cerebro, y la falta de algo semejante a una jornada de trabajo razonable y una vida normal”. Esa es la realidad del oficio según la describe Anthony Bourdain, el cocinero yanqui más mediático del mundo, en su libro En crudo, casi tan imprescindible como Confesiones de un chef. Pero no es así como la perciben, en general, los miles de chicos y chicas que cada año se matriculan en las escuelas de hostelería. Bourdain “sospecha” que “algunos de los jóvenes estudiantes de gastronomía que salen radiantes todos los años con sus tatuajes y sus ‘piercings’ no han captado bien la idea”.

¿Quién tiene la culpa? La tele, por supuesto. Pero el boom gastrotelevisivo es sólo la punta del iceberg de un proceso por el que el cocinero ha dejado de ser el demonio anónimo que gobernaba las calderas de Pedro Botero para convertirse en el personaje rico y famoso que posa en los photocalls y sale en las revistas. Es lo que antes eran los diseñadores de moda, las estrellas del rock o los artistas plásticos. Y el caso es que esos universos profesionales han estado integrados siempre por costureras o sastres, músicos de verbena y caricaturistas de paseo marítimo. Qué decir de las eternas promesas frustradas del fútbol o de los toros.

En el eslabón intermedio de la cultura foodie está el cocinillas, más treintañero o cuarentón que adolescente y con unas aspiraciones al éxito culinario mucho más modestas y sensatas. Le basta con lograr la satisfacción y el reconocimiento de los amigos el sábado por la noche —ni siquiera tiene por qué encajar bien las críticas— y trata de reproducir en casa la dinámica de un restaurante. Se lo curra. Sueña, por qué no, con sus cinco minutos de gloria gastronómica. Es inmediata y fugaz, como los mensajes del snapchat que causa furor entre los más jóvenes: avidez de experiencias en una cultura de la que también forma parte el fenómeno foodie.

A partir de esa tendencia, El Pòsit —la exitosa “taverna valenciana” que dirige Toni Mayor en La Vila— reinventa su Concurso de Cocineros Aficionados y le llama SnapChef. Ha recibido recetas, sobre todo, de la Comunidad Valenciana y concede premios en metálico: 600 y 200 euros para el ganador y el subcampeón. De las dos seleccionadas para la primera semifinal, celebrada el 23 de abril, ganó Lola González, de Alfafar (Valencia), con Jorge Berzosa como ayudante. La otra semifinalista era Laia Mayor, de Villajoyosa, ayudada por Eva Pérez. Como en las tres ediciones anteriores, prepararon los platos principales (el ganador boquerones marinados con jengibre, limón y pimienta de Jamaica, y el semifinalista “mar de esencias mediterráneas”, con merluza, naranja o flores entres sus ingredientes) en una cena para unos 40 comensales y vivieron la realidad de la cocina profesional. Haber ganado una de las semifinales —la otra, el 4 de junio— es sentirse cocinero, en el sentido glorioso de la palabra, al menos por un día. Luego vendrá la final de SnapChef, el 29 de octubre.